La universidad ya es suficientemente difícil sin un diagnóstico de esclerosis múltiple

La experiencia universitaria es uno de los mayores paseos en montaña rusa que nos ofrece la vida. Esos años pueden ser muy contradictorios, con enormes altibajos. A mí me ofrecieron algunos de los mejores días de mi vida, y algunos de los peores. Me trajeron algunas de las mejores personas en mi vida, y algunas a quienes preferiría olvidar. Es una experiencia única para cada estudiante. En mi caso, también vino con un diagnóstico de esclerosis múltiple.

Yo estudiaba artes visuales y trabajaba para mi última exposición en la universidad. Cuando llegó el diagnóstico, yo insistí en proseguir con mi educación a pesar de la noticia. Sólo me hizo más determinada. Yo no iba a dejar que el hecho de tener EM me impidiera continuar con mis estudios, obtener un título y avanzar en la vida. Tuve que pensar que sí, tengo EM, pero también tengo un futuro en el que pensar. A veces pienso que si no me hubieran diagnosticado en ese momento, no habría estado tan decidida a triunfar. El diagnóstico me hizo más consciente de los pasos que debía dar en la vida, deshacerme de las cosas negativas y concentrarme sólo en lo positivo.

Escribir mi tesis fue complicado, como mínimo. No sólo me pasaba horas y horas escribiendo, sino que también estaba atravesando, sin saberlo, una de mis primeras recaídas. No entendía lo que le estaba sucediendo a mi cuerpo, y todo lo que podía hacer era volcar mis energías en los estudios y quitarme de la mente cualquier molestia física. El estrés eventualmente me alcanzó y llegué a dejar un capítulo entero fuera de la presentación final. No me di cuenta hasta que volví a leerla algún tiempo después.

Ni siquiera el día que tuve que imprimir sucedió sin contratiempos. Tenía entumecimiento en ambos pies y cada vez que bajaba hasta la impresora, de algún modo terminaba cayéndome. ¡Incluso llegué a caerme cuando subía las escaleras! El tiempo apremiaba y, si no hubiera sido por un buen amigo que voluntariamente se ofreció a recorrer esa escalera traicionera en mi lugar, no habría podido cumplir con el plazo. Creo que fue por esa época cuando surgió mi apodo.

¿Cómo se le dice a la chica de la universidad quien, por algún motivo, anda caminando con un solo zapato o y a veces con ninguno? ¿La chica dueña del zapato que encuentras tirado debajo del ordenador en la biblioteca? ¡Cenicienta, por supuesto! Bien, debo admitir que puede que la culpa fuera mía. Me encontraba en la fase de usar zapatos de salón, que se salían con tanta facilidad. Eso, sumado al entumecimiento, hacía que estuviera constantemente perdiendo zapatos sin siquiera darme cuenta. ¡Afortunadamente, siempre volvía a recuperarlos!

También fue bastante difícil mantener una vida social. Anteriormente, me atenía al lema “trabaja mucho y diviértete más”, pero los episodios de fatiga me obligaron a elegir los pijamas en lugar de los tacones de aguja. Mis amigos fueron estupendos. Ellos hacían lo que podían por mí, y me ayudaban con todo. Comencé a tener un respeto completamente nuevo por su comprensión, su amabilidad y su generosidad. Yo tengo un título en mis manos sólo gracias a la red de apoyo que tenía en ese momento. No puedo resaltar la importancia de contar con una red de apoyo sólida en la vida. Eso hace que todo sea mucho más fácil y mucho más gratificante.

La universidad a la que asistí también fue muy comprensiva. Financió un asistente personal para que estuviera conmigo 8 horas por semana. Tuve la opción de que se tuviera en cuenta mi hospitalización y mi enfermedad al momento de poner las calificaciones. Mis profesores trataron de entender lo que yo necesitaba, y trabajaron conmigo para asegurarse de que no me atrasara. Incluso aceptaron prorrogarme los plazos si era necesario. Al final, utilicé muy pocas de las concesiones adicionales, pero el apoyo de la institución fue valiosísimo. Con la ayuda de todas las personas importantes en mi vida, fui capaz de atravesar los últimos meses de mi carrera y salir del otro lado con una sonrisa en el rostro.

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